La descripción, las causas y las consecuencias de la corrupción en la España que emerge en el 1978 están por escribir. Como erradicarla, si es que tal cosa es posible, está por inventar (aunque algunos han aportado algunas ideas estimables). Si miramos hacia atrás la corrupción aparece inseparablemente unida a todos los cambios traumáticos que ha sufrido el España en los últimos 150 años, como de modo bien ameno nos cuenta Preston. Y si miramos aún más atrás, encontramos auténticos maestros en el «arte de la corrupción», como el Duque de Lerma, maestro especialmente reverenciado en el mágico arte de la multiplicación del precio de las tierras al pasarlas de usos rústicos a urbanos. Valladolid debe no poco a este prohombre. Ya entonces se oía aquello de «el rey es para el reino, no el reino para el rey». Y la declaración según la cual «la Soberanía Nacional reside en el Pueblo Español», en cuyas propiedades catárticas quizás llegamos a creer, parece que o no tenía esas propiedades salvíficas o nunca acabo por perfeccionarse en su ejercicio.
Hace casi treinta años, allá por 1994, Javier Pradera, un oráculo de los tiempos, que solo hablaba a través de los editoriales de El País y alguna que otra tribuna firmada -cuando El País interpretaba el destino de España en Europa y en el Mundo- dejó escrito un tratado sobre la corrupción. En ese corto tratado, que no ha sido publicado hasta 2014, Pradera, señala ya como la corrupción lejos de ser «cosa de unos cuantos pillos» está inscrita en el «funcionamiento ordinario» del Estado. Y todo indica que ahí seguimos. ¿Puede alguien señalar algún cambio substancial en el diseño de las instituciones publicas capaz de prevenirla?. La democracia es cara. Una democracia plagada de instituciones corruptas conduce necesariamente a su implosión.
Podemos mirar en cualquier dirección de la «piel de toro». Miremos hoy a Cataluña y preguntémonos, ingenuamente, que ¿fue antes, el independentismo o la corrupción?. «Fer País» parece que nace en origen con el mismo pecado original del Duque de Lerma, aunque cambiemos títulos y personas: «en lloc d’un President per a un Pais, vam tenir un País per un President». Y no es que no hubiera evidencias: «el caso Banca Catalana», fue una de ellas. Lo que hemos visto después es una fuga hacia adelante para preservase de las consecuencias del pecado original. Y lo que vemos ahora mismo, con el caso Voloh, con independencia de a donde lleve, parece profundizar en el mismo desfiladero. Un Estado, lastrado por los mismos problemas de corrupción, fue incapaz de afrontar la «dimensión política», dejando crecer la hidra, hasta el punto de hacer indistinguible el independentismo y la corrupción. Y la hidra puede encontrar terreno fértil en cualquier lugar. Miren, por ejemplo como JOSEP GUIXÀ reconstruye, con precisión arqueológica, la «educación sentimental» en San Cugat del Vallés, para que la corrupción urbanística y la deriva independentista, acaben confluyendo. A partir de ahí solo hay que crear cualquier cosa que lleve el descriptor «… de Cataluña»; que se yo, «Banco de Cataluña», «Gas de Cataluña», «Aguas de Cataluña» y activar la maquinaria del tráfico de influencias entre los que lo dan todo por «Fer País». La definición de economía en esa «escuela sentimental» viene a ser la de Al Jāḥiẓ (Libro de los Avaros) “La base de la economía es que aquello tuyo que se halle en mi mano no pase a la tuya. Si lo que tengo es mío, es de mi propiedad; y si no es mío, yo lo merezco más que aquél que lo puso en mis manos. Quien suelta algo de su poder y se lo da a otro sin necesidad se lo está entregando. Separarse de algo es como donarlo”. Parece que el «Poble de Catalunya i el Poble d’Espanya» son extraordinariamente generosos.