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Laporta, a la sombra de Roures y Florentino

La polémica de la Superliga era el primer test de la era Joan Laporta, y el resultado ha sido una nueva debacle europea para el club azulgrana. Detrás de la fallida escisión promovida por Florentino Pérez subyace el choque entre del capitalismo global emergente (los dueños de los clubes ingleses y las agencias de futbolistas son oligarcas, jeques y fondos de inversión anónimos) y el capitalismo ortodoxo del mundo anglosajón, Los grandes clubes poseen un gran poder simbólico y económico, pero el futbol es un invento inglés y es el primer mundo el que lo gestiona. Algo de lo que los propietarios de los clubes ingleses no habían sido conscientes hasta comprobar la reacción de aficionados, federativos y jugadores.  


El episodio aporta luz sobre el aval de 30 millones de euros concedido por una empresa del magnate de la comunicación Jaume Roures a la nueva directiva azulgrana, un aval que por cierto crea un conflicto de intereses en Laporta a la hora de negociar los derechos televisivos del club. Después de su fracasada aventura en el fútbol francés e investigado por sobornar a miembros de la FIFA, sin duda Roures veía con buenos ojos el plan de Madrid, Juve y Barça. Su apoyo a dos presidentes culés (Bartomeu y Laporta) débiles ante el establishment económico catalán, estaría supeditado a obtener contratos en la Superliga. Gerard Piqué, que en los últimos tiempos ha entrado en el mercado de los derechos televisivos, ha sido el primer gran personaje azulgrana en criticar la Superliga, con el argumento de que el proyecto significaba quitarle «el fútbol es de los aficionados» (todo lo contrario de lo que pensaba en el tenis, donde arrebató a los aficionados locales la Copa Davis y la cambió por un formato más cómodo y sustancioso para los grandes tenistas y patrocinadores). Perdonándole la vida a Laporta por su desliz, el jugador-empresario manifiesta que «ha heredado un club en unas circunstancias económicas muy malas, muy negativas».


Sin embargo, no deja de ser irónico que la primera vez que el Barça podía independizarse de España, su actitud fuera tan cautelosa y supeditase la participación en la Superliga a lo que votasen los socios del club. En el fondo la indecisión de Laporta revela que, a diferencia del independentismo basado en la gestión a largo plazo que encarnaba su rival electoral Víctor Font, Joan Laporta se perfila como un émulo de los Puigdemont, Borràs y otros radicales que se han quedado las llaves de la mansión convergente después de la extraña conversión al talibanismo de Artur Mas y que prodigan los gestos provocativos pero es dudoso que su oposición al Estado ponga en riesgo su estatus personal. Durante la campaña envió mensajes subliminales al secesionismo radical como el estribillo «ho tornarem a fer» de su himno musical y, recíprocamente, por su oficina electoral instalada en la sede social de Moritz, una cerveza producida en Zaragoza pero cuyo márketing abunda en guiños a la causa independentista, desfilaron políticos de Esquerra y Junts per Cat e incluso algún «preso político» para ofrecerle su apoyo a título personal a Laporta. 


Pese al dominio de las técnicas populistas por Laporta, su utilización del club como plataforma política siempre ha generado rechazo en una parte de la masa social del club. Por este motivo, y por la complicada situación económica en un club que ingresa grandes cantidades en taquilla por el turismo, Laporta ya mostró un tono moderado durante esta campaña, como ya hizo en la que le llevó a la presidencia en 2003, cuando logró atraerse a parte del socio nuñista. Aunque asegura que en 2015 ya tenía pensado concurrir a las actuales elecciones, se mantuvo alejado de los focos durante un tiempo y, consciente de que los socios anteponen el balance deportivo a la deuda económica, planificó la carrera presidencial a partir del 2-8 encajado con el Bayern en agosto del año pasado. El Barça ya había encajado otras goleadas europeas, pero esa noche los barcelonistas tomaron conciencia de que su equipo ya no contaba en el concierto internacional (ser competitivo en la liga española no es un baremo fiable dado el bajo nivel actual del Real Madrid). El posterior burofax de Messi, redactado por un agresivo abogado del despacho Cuatrecasas (posteriormente desvinculado del mismo) con poderes otorgados por el clan argentino, no consiguió el objetivo de forzar la salida del jugador, pero fue el certificado de defunción de la etapa Bartomeu.  


Presidente en los años más gloriosos del club azulgrana, cuyo recuerdo invocó presentando como secretario técnico al hijo de Cruyff, Joan Laporta tuvo un breve paso por la política que se frustró, entre otros motivos, porque Artur Mas ocupó el espacio al que él aspiraba (lo que le obligó a pactar con Esquerra en una breve experiencia en la política municipal). En su libro «Un sueño para mis hijos» (Angle Editorial, 2010), defendía aquel salto a la política: «Sé perfectamente que un país no funciona como un club deportivo, lo sé perfectamente, pero hay una serie de valores que sí son aplicables» (p. 130). «Y, por tanto, continuar la lucha desde las plataformas, desde las manifestaciones, sólo derivará en conformismo, en no avanzar» (p. 137). En su favor cabe decir que nunca disfrazó el desafío independentista de retórica asamblearia.  

Laporta es también un personaje controvertido que desde su despacho de abogado no ha dudado en hacer negocios con mafiosos o personajes de dudosa reputación en países donde el equipo de Ronaldinho o Messi era una buena tarjeta de presentación. En plena polémica por las campañas pagadas por Bartomeu para desprestigiar en las redes sociales a opositores a su junta, si gana Laporta será necesario contratar a una empresa que borre de internet las numerosas referencias a sus turbias andanzas comerciales. El último de la fila podría ser otro de sus avalistas, el agresivo empresario del sector de las energías renovables José Elías, cuyo socio Eduard Romeu es directivo del club.