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Corrupción sin ideología: Vida y Milagros de Eugenio Calabuig

La meteórica carrera de Eugenio Calabuig hasta convertirse en el amo y señor del agua en la comunidad valenciana, suele atribuirse a dos factores. Por un lado, a su parentesco con la influyente familia Gimeno, ligada tradicionalmente al suministro de agua potable a Castellón de la Plana, y por otro a sus conexiones con el Partido Popular. En la localidad de Oropesa de Mar, donde Calabuig un día promovería una urbanización de lujo (Costa Bellver), habría conseguido a finales de los años 90 el aval de la corte aznarista para convertirse en el niño mimado del “capitalismo de amiguetes” valenciano. Contaba para ello, además de con el pedigrí familiar de sus primos de Castellón, con las simpatías de Carlos Fabra, cuestión de estilo, y el Opus Dei. Ese coctel tan “Borgia” llamó la atención de poderosos grupos económicos e industriales valencianos.

Calabuig fue el elegido de un plan que consistía en poner el Banco de Valencia, buque insignia de la burguesía local, al servicio de la operación por el control de Aguas de Valencia. Zaplana quería privatizar la gestión de Egevasa -la compañía pública encargada de gestionar el ciclo hidráulico de los municipios de la provincia valenciana-, y no estaba dispuesto a que un mercado transparente le dijera como. Pujaban por adquirir esta compañía los dos bandos en combate dentro del accionariado de Aguas de Valencia: la multinacional francesa Bouygues y una UTE formada por constructores y financieros valencianos (Vaimosa). La concesión estaba reservada de antemano a esta última y consolidó al grupo valenciano en el seno de Aguas. Entre los socios estaba el constructor Enrique Gimeno, pero el tapado de la operación era su primo (y antiguo empleado) Eugenio Calabuig, quien en 1999 entró en el consejo de administración de Aguas de Valencia. Tres años antes había constituido Fomento Urbano de Castellón (FUCSA), un nombre que denotaba sinergias con la venerable matriz de los Gimeno (FACSA o Sociedad de Fomento Agrícola de Castellón), y que enseguida contó con la protección del Padrino Carlos Fabra. En 2003 ambos primos compartieron intereses en Urbanizadora Torremar SA, que operaba en Benicàssim.

En 2001 se constituyó la empresa Desarrollo Industrial de Villarreal SRL, en la que Calabuig y Manuel José Parra Soriano compartían consejo de administración. Manuel José y su hermano Fernando eran sobrinos de José Soriano, el fundador de la multinacional de cerámica Porcelanosa, cuyo milagro económico es inseparable del boom de la construcción en la costa levantina. Los hermanos Parra Soriano volverían a coincidir con Calabuig en empresas como Desarrollos Urbanísticos Globales, Promociones El Monte SA o Servicios Aeronáuticos Costa de Azahar SL. En general estas empresas no obtuvieron beneficios, por coincidir con el estallido de la burbuja inmobiliaria, y la mayoría acabaron en concursos de acreedores, pero la amalgama de apellidos ilustres garantizaba las líneas de crédito. Un caso paradigmático fue Casa Amiga Promoresidencial, creada en 2003 y que a finales de 2011 adeudaba 28,6 millones a Bancaja y 21,5 al Banco de Valencia, en ambos casos garantizados con bienes inmuebles. La empresa desarrolló proyectos en la localidad castellonense de Moncófar (Porto di Sorrento y Porto Venere), en el Pirineo aragonés (la urbanización Residencial Massana en Alcalá de la Selva) y en el Algarve.

La crisis ralentizó las ventas y disminuyó el atractivo de las promociones urbanísticas. El 23 de julio de 2013 la sala primera del Tribunal Supremo dictó una sentencia favorable a un comprador de una vivienda en la urbanización Costa di Sorrento de Moncófar, quien alegó que se había dejado tentar por anuncios y folletos que aludían a un puerto deportivo y un campo de golf inexistentes, mediante fotomontajes e imágenes virtuales. Estos equipamientos no pasaban de ser planes municipales, paralizados administrativamente desde el año 2008. Calabuig optó por batirse en retirada de algunas de las promociones, aunque los hermanos Parra Soriano mantienen su presencia  en Moncofa Bel Nord SL., en la que participa el antiguo presidente del Valencia Club de Fútbol y hermano del propietario de Mercadona, Paco Roig. Algo parecido sucedió en Benicàssim, donde en colaboración con la importante constructora  local LUBASA, Calabuig puso en funcionamiento en 2010 la empresa Desarrollos Urbanos de Benicàssim (DEURBESA); obtuvo la concesión de la futura Ciudad del Ocio, pero en 2014 el ayuntamiento consideró que no había cumplido con los plazos de ejecución y le retiró la licencia.

Calabuig y sus hermanos habían ganado posiciones en Aguas de Valencia, gracias a la aparente facilidad con que obtenían créditos bancarios del Banco de Valencia, que se hundía con la misma naturalidad con la que fluían esos créditos. Pero como no hay mentira que cien años dure, en noviembre de 2012, el juez Pedraz embargó cautelarmente el 7,9% del capital de AGVAL, la instrumental de Calabuig, lo que suponía reducir del 50 al 42% su participación accionarial en Aguas de Valencia. El principal indicio del juego de trileros realizado entre el banco y los negocios de sus accionistas es un crédito de 50 millones de euros que Calabuig recibió del banco para hacer frente a una opa de Agbar sobre la compañía de aguas, y que el empresario se gastó en la compra de terrenos en Oropesa de Mar. Como muestra de las connivencias con los gestores bancarios Domingo Parra y Aurelio Izquierdo, Calabuig llegó a coincidir con ellos en la inmobiliaria Capital Residencial, y les ofreció plusvalías por sus inversiones hoteleras en Portugal, lo que vulneraba todas las normas bancarias. Otro indicativo de la compenetración de Calabuig con estos directivos es que, en las diligencias practicadas por el Juzgado de instrucción nº 3 de Madrid investigando a Domingo Parra y Aurelio Izquierdo, aparecieron empresas con participación de Calabuig y los hermanos Parra Soriano que eran empleadas para crear estructuras societarias opacas (la inmobiliaria Bavacun) o que en una cuenta en el banco andorrano Anbank de la que Calabuig era uno de los titulares, los bancarios ingresaban sus comisiones por las gestiones a clientes compartidos entre ambas entidades financieras, lo que se consideró indicio de blanqueo de capitales

Tampoco resultaba demasiado edificante que la empresa semipública Egevasa, que acabaría siendo absorbida por Aguas de Valencia, subcontratase para trabajos de mantenimientos a empresas particulares de Calabuig.

Apabankval, la sociedad de pequeños accionistas del Banco de Valencia (representada por el abogado Diego Muñoz-Cobo) denunció la «contratación de manera exclusiva» de la empresa Uradis CCSA (actual Canalizaciones Civiles SA), por valor de 7,9 millones de euros en 2009, y de «personal vinculado familiarmente al presidente –Eugenio Calabuig–, a Fomento Urbano de Castellón –propiedad de éste– y a personas vinculadas con la política». Estas prácticas siguieron incluso estando Calabuig bajo el foco de la justicia.

De la misma manera que los colectores desembocan en el mar, Calabuig había llevado el dinero del Banco de Valencia hacia las playas de Castellón, invirtiendo en 756.356 metros cuadrados de suelo entre Oropesa y Benicássim, de los que 565.748 son rústicos en primera línea de playa. Hasta su compra del 46% de acciones de Costa Bellver SL que controlaba Bankia, su financiera AGVAL (actual Global Omnium) era la primera accionista del proyecto. Se cerraba el círculo. Calabuig volvía al recuerdo de los días del clan de Oropesa, cuando el dueño de Porcelanosa, ya fallecido, cedía a Aznar su casa en la urbanización Las Playetas de Bellver, y el joven Calabuig estaba en el lugar y momento oportunos.

LA CONEXIÓN MADÍ-CALABUIG: AGUA DE VALENCIA (CAVA Y ZUMO DE NARANJAS).

Pero el tiempo ha demostrado que en el caso de Calabuig la motivación de sus actos no es la ideología sino el dinero. Si en Valencia lo más rentable era colaborar con el PP, teniendo de mentor al lamentable Carlos Fabra, procesado y condenado, en Cataluña busco el apoyo del independentismo.

Como hombre fuerte eligió al ex político y «conseguidor» David Madí, procedente de la antigua Convergencia de Pujol y hombre de confianza de Artur Más. Madí es nombrado en 2018 Presidente de Aigües de Catalunya, la filial catalana de Global Omnium, la empresa de Calabuig. Aigües de Catalunya está presidida desde 2018 por Madí. En su estrategia de expansión comercial, David Madí asimismo contrató al ex diputado republicano Joan Puigcercós y mantuvo contactos con un antiguo hombre fuerte de ERC, Xavier Vendrell, para obtener concesiones en municipios controlados por Esquerra, empezando por Sant Cugat, cuya historia de corrupción urbanistica con Convergencia es legendaria. La «trama Voloh» pone de manifiesto que la agenda de contactos del ex convergente Madí con políticos de ERC, engrosada por años de coaliciones electorales independentistas, se puso al servicio de un empresario ligado indisolublemente a la derecha más reaccionaria.

Las conversaciones pinchadas por la guardia civil a David Madí revelan los esfuerzos de su jefe, Eugenio Calabuig, por introducirse en el mercado catalán, buscando la ventaja, como antes hizo en Valencia, a través de las influencias políticas más oscuras.

El último producto salido de su factoría para enriquecerse ha sido el control de aguas fecales como forma para detectar las áreas de propagación del covid-19, un sistema que, aunque muy inferior al desarrollado por AGBAR, Madí y Vendrell trataron de endosar a la administración catalana, empezando por supuesto por Sant Cugat. También Ábalos, el ministro valenciano, estaba en su mirilla para conseguir influencia, esta vez en Madrid con el PSOE.

¿HASTA CUANDO?

Pese a que la cultura del pelotazo urbanístico iniciaba su decadencia, la entrada en el Banco de Valencia de los hermanos Calabuig y la familia de constructores Soler permitió la aprobación de créditos dudosos para promociones urbanísticas en zonas recalificadas de la costa. Su entrada arrastró al Banco de Valencia, joya de la burguesía valenciana, con presidentes como Ignacio Villalonga o Joaquín Reig, a embarcarse en polémicas operaciones de gran repercusión mediática como la lucha por el control de la inmobiliaria Metrovacesa. El consejero-delegado del banco, Domingo Parra, era un experto en operaciones de riesgo que acabaría arrastrando al presidente José Luis Olivas, un antiguo consejero de economía y presidente en funciones de la Generalitat, ambos acusados por apropiación indebida (créditos al constructor alicantino Ramón Salvador, la punta del iceberg). Los accionistas mayoritarios se librarían de estas acusaciones porque ¡justamente las operaciones más arriesgadas no pasaban por los órganos del control del banco!.

De lo que sí deberá responder ante la justicia Calabuig es de cómo su presencia en el banco le permitió obtener líneas de crédito ventajosas para sus promociones inmobiliarias particulares en Oropesa. Es posible que asimismo ello le favoreciera para obtener contratas públicas para Aguas de Valencia, incluso en Morella bajo la alcaldía de Ximo Puig, o para aumentar su poder en la empresa (en 2014 su familia pasó de tener el 63% de las acciones a controlar el 97%). En 2018, gracias a unos beneficios extraordinarios, impropios de las compañías del sector, Fucsa compro por 39,6 MM€ la parte de Fucsa de Enrique Calabuig. Todo a medida.

Ahora toca financiar al independentismo catalán (y aprovecharse de él claro). Si la justicia no lo remedia antes.

Josep Guixà

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Futbol

Laporta, a la sombra de Roures y Florentino

La polémica de la Superliga era el primer test de la era Joan Laporta, y el resultado ha sido una nueva debacle europea para el club azulgrana. Detrás de la fallida escisión promovida por Florentino Pérez subyace el choque entre del capitalismo global emergente (los dueños de los clubes ingleses y las agencias de futbolistas son oligarcas, jeques y fondos de inversión anónimos) y el capitalismo ortodoxo del mundo anglosajón, Los grandes clubes poseen un gran poder simbólico y económico, pero el futbol es un invento inglés y es el primer mundo el que lo gestiona. Algo de lo que los propietarios de los clubes ingleses no habían sido conscientes hasta comprobar la reacción de aficionados, federativos y jugadores.  


El episodio aporta luz sobre el aval de 30 millones de euros concedido por una empresa del magnate de la comunicación Jaume Roures a la nueva directiva azulgrana, un aval que por cierto crea un conflicto de intereses en Laporta a la hora de negociar los derechos televisivos del club. Después de su fracasada aventura en el fútbol francés e investigado por sobornar a miembros de la FIFA, sin duda Roures veía con buenos ojos el plan de Madrid, Juve y Barça. Su apoyo a dos presidentes culés (Bartomeu y Laporta) débiles ante el establishment económico catalán, estaría supeditado a obtener contratos en la Superliga. Gerard Piqué, que en los últimos tiempos ha entrado en el mercado de los derechos televisivos, ha sido el primer gran personaje azulgrana en criticar la Superliga, con el argumento de que el proyecto significaba quitarle «el fútbol es de los aficionados» (todo lo contrario de lo que pensaba en el tenis, donde arrebató a los aficionados locales la Copa Davis y la cambió por un formato más cómodo y sustancioso para los grandes tenistas y patrocinadores). Perdonándole la vida a Laporta por su desliz, el jugador-empresario manifiesta que «ha heredado un club en unas circunstancias económicas muy malas, muy negativas».


Sin embargo, no deja de ser irónico que la primera vez que el Barça podía independizarse de España, su actitud fuera tan cautelosa y supeditase la participación en la Superliga a lo que votasen los socios del club. En el fondo la indecisión de Laporta revela que, a diferencia del independentismo basado en la gestión a largo plazo que encarnaba su rival electoral Víctor Font, Joan Laporta se perfila como un émulo de los Puigdemont, Borràs y otros radicales que se han quedado las llaves de la mansión convergente después de la extraña conversión al talibanismo de Artur Mas y que prodigan los gestos provocativos pero es dudoso que su oposición al Estado ponga en riesgo su estatus personal. Durante la campaña envió mensajes subliminales al secesionismo radical como el estribillo «ho tornarem a fer» de su himno musical y, recíprocamente, por su oficina electoral instalada en la sede social de Moritz, una cerveza producida en Zaragoza pero cuyo márketing abunda en guiños a la causa independentista, desfilaron políticos de Esquerra y Junts per Cat e incluso algún «preso político» para ofrecerle su apoyo a título personal a Laporta. 


Pese al dominio de las técnicas populistas por Laporta, su utilización del club como plataforma política siempre ha generado rechazo en una parte de la masa social del club. Por este motivo, y por la complicada situación económica en un club que ingresa grandes cantidades en taquilla por el turismo, Laporta ya mostró un tono moderado durante esta campaña, como ya hizo en la que le llevó a la presidencia en 2003, cuando logró atraerse a parte del socio nuñista. Aunque asegura que en 2015 ya tenía pensado concurrir a las actuales elecciones, se mantuvo alejado de los focos durante un tiempo y, consciente de que los socios anteponen el balance deportivo a la deuda económica, planificó la carrera presidencial a partir del 2-8 encajado con el Bayern en agosto del año pasado. El Barça ya había encajado otras goleadas europeas, pero esa noche los barcelonistas tomaron conciencia de que su equipo ya no contaba en el concierto internacional (ser competitivo en la liga española no es un baremo fiable dado el bajo nivel actual del Real Madrid). El posterior burofax de Messi, redactado por un agresivo abogado del despacho Cuatrecasas (posteriormente desvinculado del mismo) con poderes otorgados por el clan argentino, no consiguió el objetivo de forzar la salida del jugador, pero fue el certificado de defunción de la etapa Bartomeu.  


Presidente en los años más gloriosos del club azulgrana, cuyo recuerdo invocó presentando como secretario técnico al hijo de Cruyff, Joan Laporta tuvo un breve paso por la política que se frustró, entre otros motivos, porque Artur Mas ocupó el espacio al que él aspiraba (lo que le obligó a pactar con Esquerra en una breve experiencia en la política municipal). En su libro «Un sueño para mis hijos» (Angle Editorial, 2010), defendía aquel salto a la política: «Sé perfectamente que un país no funciona como un club deportivo, lo sé perfectamente, pero hay una serie de valores que sí son aplicables» (p. 130). «Y, por tanto, continuar la lucha desde las plataformas, desde las manifestaciones, sólo derivará en conformismo, en no avanzar» (p. 137). En su favor cabe decir que nunca disfrazó el desafío independentista de retórica asamblearia.  

Laporta es también un personaje controvertido que desde su despacho de abogado no ha dudado en hacer negocios con mafiosos o personajes de dudosa reputación en países donde el equipo de Ronaldinho o Messi era una buena tarjeta de presentación. En plena polémica por las campañas pagadas por Bartomeu para desprestigiar en las redes sociales a opositores a su junta, si gana Laporta será necesario contratar a una empresa que borre de internet las numerosas referencias a sus turbias andanzas comerciales. El último de la fila podría ser otro de sus avalistas, el agresivo empresario del sector de las energías renovables José Elías, cuyo socio Eduard Romeu es directivo del club. 

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Municipal

Sant Cugat, un doctorado en corrupción urbanística

Los historiadores del futuro explicarán con curiosidad que en la Cataluña de comienzos del siglo XXI había unos políticos que planeaban independizarse de España y seguir comerciando con ella, que se mimetizaban socialmente con las elites, pero en sus discursos siempre invocaban al “poble” (“pueblo”), que predicaban austeridad a su electorado y cultivaban la agenda para un día lucrarse en negocios particulares. Estas contradicciones existenciales abundaban entre los cachorros de Convergència Democràtica de Catalunya, el partido que de la mano de Jordi Pujol había gobernado la comunidad autónoma durante más de veinte años. Se habían formado en buenas escuelas de negocios, manejaban con soltura el inglés y aspiraban a dar el salto desde sus comarcas rurales al organigrama de la Generalitat, donde esperaban aplicar la política «bussines friendly» que aprendieron poco antes de que todo estallara.

Sant Cugat del Vallés, una de las  principales ciudades españolas en renta, el edén de la Cataluña ideal soñada por el pujolismo, funcionaba como el laboratorio de estos “millenials” de la política. Era una ciudad casi nueva, que se había conservado pura y decente como una pubilla, sin fábricas ni corrientes migratorias que la desfavorecieran, con la barrera natural del Tibidabo protegiéndola de los males de la gran ciudad. El partido socialista cometió la descortesía de ganar las dos primeras elecciones democráticas pero, como me indica un periodista residente unos años en Sant Cugat, “los socialistas diseñaron una ciudad dormitorio pequeñoburguesa y al verse superados por el éxito, la sirvieron en bandeja a la derecha”. Convergència i Unió accedió a la alcaldía en 1987 y aceleró las recalificaciones del mucho suelo disponible, obtuvo financiación de la Generalitat para grandes equipamientos y captó a numerosas multinacionales ofreciéndoles oficinas a bajo precio y facilidades administrativas. Un aluvión de barceloneses se empadronaron en Sant Cugat atraídos por la calidad de vida y las rápidas comunicaciones con la capital excepto cuando la conocida promotora Núñez y Navarro obtuvo la promesa del ayuntamiento de edificar en el bonito paraje de Torra Negra, lo que fue frenado por la gran resistencia vecinal, el aumento demográfico no fue especialmente traumático.

El alcalde Aymerich era el modelo de convergente que reconciliaba a las clases emergentes con el franquismo sociológico, pero quien diseñaría el Sant Cugat del futuro fue el teniente de alcalde y regidor urbanístico Àngel Llasera Roig. Los hermanos Contreras, unos contratistas que se consideraron estafados en la parcelación que se hizo de los terrenos de Can Mates, supuestamente para favorecer a la química Boehringer, emprendieron una campaña de querellas y denuncias periodísticas contra el ayuntamiento. Lo acusaban de tráfico de influencias, prevaricación, falsedad documental, permutas inverosímiles y cualquier irregularidad que contemplara el código penal. En su relato, desatendido por la justicia, no faltaba la aparición fugaz de Jordi Pujol Ferrusola como un hombre bueno, pero no desinteresado, que se ofrecía a resolver las diferencias. Los santcugatenses daban palmaditas a los Contreras en privado, hojeaban a hurtadillas sus revistas, los elogiaban por haberse atrevido a desafiar al poder y, naturalmente, seguían votando a Convergència.

Con el cambio de siglo el relevo de Aymerich lo tomó Lluís Recoder, que como alcalde fue un precursor de Artur Mas en su mejor versión, un tecnócrata con sentimientos. Demasiado sólido para la vieja guardia, demasiado tibio para los jóvenes “talibanes” independentistas, apartó a un segundo plano al marrullero Llasera y entregó el cartapacio a Joan Franquesa, propietario de una cantera y por tanto avezado en temas urbanísticos. Se proyectaron nuevos barrios que, al estallar la crisis económica, se convirtieron en barrios fantasma que costaría dinamizar. Como CDC ya no mandaba en la Generalitat y tampoco gestionaba grandes municipios, Sant Cugat devino una especie de escuela de posgrado para los nuevos cuadros convergentes, no sin escepticismo de los fontaneros de la casa. El efímero gerente Jordi Turull, un “aparatchik” de Parets del Vallès con ambiciones algo infundadas, fue apodado por los funcionarios “H2O” por lo insípido de sus aportaciones.

Las investigaciones judiciales apuntan a que otra de las funciones del consistorio era mantener atareados a los constructores, a cambio de donaciones para el partido. En 2006 la empresa municipal Promusa impulsó un bloque de viviendas sociales en Volpelleres, uno de los barrios aún a medio hacer, erigido entre viejas masías agrícolas (en una curiosa reescritura de la historia, el nomenclátor rinde culto a los rabassaires o aparceros locales).  La obra fue ejecutada  por Teysa, la empresa de la familia Sumarroca, históricamente vinculada al pujolismo, y costó 4’65 millones de euros; al poco tiempo Teyco donó 143.800 euros (el 3’09%) a fundaciones convergentes. Pero, cuando en verano de 2017, los agentes e informáticos de la guardia civil se presentaron en las oficinas de la plaza de la Vila para requisar el papeleo del edificio, con las cámaras de televisión convocadas para la ocasión, no sabían que Teyco ni siquiera había ganado el concurso. El ganador había sido Construcciones Bruesa, que quebró y entró en concurso de acreedores, y la obra pasó a Teyco. Extraña forma de favorecer a un amigo, darle de rebote un proyecto, pero el bloque de la plaza de los Rabassaires podía ser revelador del espíritu del urbanismo municipal por otros motivos.

«Yo tuve un local en los bajos del edificio -accede a hablar uno de los pocos empresarios instalados en Volpelleres- y el acabado de los materiales, el mantenimiento, eran pésimos. Teníamos filtraciones y uno que montó un bar tuvo también que irse por problemas de ventilación. Me dijeron que el personal que hizo la obra, de Pakistán y otros países, era poco cualificado». La fachada pobre y grisácea, digna del realismo socialista, sorprende en un barrio que se pretende residencial de alto standing, y contrasta con las complejas estructuras de hormigón y las hileras de pinos y cipreses derrochados en la cercana carretera de circunvalación que conecta el barrio con la nada. «Da la sensación de que sabían que al retirarse Pujol perderían el poder y que pidieron dinero a la Generalitat para gastarlo porque sí -comenta otro comerciante de la zona-. Esa circunvalación fue un simulacro. Se suponía que su función era descongestionar el tráfico, pero los camiones no pueden pasar por allí. Eran unos terrenos rústicos y, una vez construída la carretera, empezaron a hacer pasos, bordillos y viviendas”.

Puede obtenerse una fotografía rápida del despilfarro, por no decir mala praxis, del urbanismo de la etapa Recoder, poniendo el objetivo sobre las instalaciones deportivas. La primera instantánea data de la primavera de 2002, cuando el ayuntamiento aprobó construir un pabellón deportivo en la Rambla del Celler. Al poco tiempo de adjudicarse las obras a Ferrovial, el icono de la corrupción Félix Millet escribió a un directivo de la constructora -según revelaría la instrucción del caso Palau- para reclamar, casi a modo de impuesto revolucionario, el 4% de lo presupuestado. ¿Las obras adjudicadas en Sant Cugat formaban parte del sistema de blanqueo de dinero convergente en el Palau de la Música o en este caso Millet actuaba como un francotirador con las antenas bien orientadas que intentaba sacar tajada de cualquier contratista que trabajase para las administraciones catalanas? El hecho de que uno de los asesores jurídicos del ayuntamiento fuese un sobrino suyo, Francisco Javier Bañó Millet, nos hace inclinarnos por esta segunda opción. “Bañó era un alto funcionario que llevaba contratos laborales y lo fueron apartando por sus chanchullos”, nos comenta una fuente del ayuntamiento. “Pero cuando hace un par de años se jubilaron el secretario general y algún otro cargo, lo repescaron como responsable de los servicios jurídicos y él aprovechó para colar una adjudicación de medio millón de euros a Ramon Grau, el dueño de la revista «Tot Sant Cugat», que más tarde fue revocada”. Al margen de la irregularidad del trámite, el asunto movilizó a la oposición porque Grau había sido socio de Puigdemont y tenía contratada a la mujer de este, Marcela Topor.

La segunda instantánea es de 2008, cuando ya hacía tiempo que el área deportiva era dirigida por Xavier Codina, entonces marido de Meritxell Budó, alcaldesa de La Garriga y actual “consellera” de Presidencia en la órbita de Puigdemont. La construcción de un polideportivo en el barrio de Mirasol fue adjudicada a una UTE (Unión Temporal de Empresas) que encabezaba Construcciones Pai. Así como es difícil establecer la correspondencia entre las numerosas obras adjudicadas a una empresa y el pago de mordidas, en el caso de una UTE resolver la ecuación es más fácil para jueces y fiscales. La obra costaba 4’9 millones y la constructora pagó 134.000 euros (un 2’8%) a las fundaciones convergentes. Para alimentar aún más la polémica, el proyecto, que desde el principio fue considerado desmesurado por la oposición, no pudo llevarse a cabo porque la constructora pasaba por dificultades y paralizó las obras. Un incomprensible error burocrático hizo que Construcciones Pai, poco después extinguida, quedara exenta de pagar al municipio 167.000 euros por incumplimiento de contrato. “Convergència cobró el 3% por una obra en Sant Cugat que no se ejecutó” resumió un titular la edición catalana de “El País”.

Por entonces se había inaugurado una pista de atletismo en un complejo deportivo que, desde 2004, ya venía funcionando en el sector de la Guinardera. El proyecto fue realizado por la empresa de la familia Sumarroca y, aunque esta vez no se detectaron donaciones, la oposición encontró un sobrecoste de 126.000 euros, que el ayuntamiento atribuyó al material empleado para compactar los terrenos. Por más que los informes del Instituto Catalán de Geotécnica no mencionaban la existencia de blandones, el ayuntamiento rechazó, por su coste económico, una propuesta de la CUP para realizar unos sondeos que comprobasen si se habían aplicado tales rellenos. Un empresario del sector de áridos conocedor del terreno, nos asegura que no presentaba problemas de compactación y añade que es posible realizar un sondeo fiable por 3.000 euros. La última instantánea muestra una pista de atletismo que permanece desértica, salvo cuando el club de rugby local juega en el césped central, lo que sugiere dudas sobre la utilidad de la instalación. “El entrenamiento intensivo de atletismo necesita de una pista muy blanda, para evitar riesgos de lesiones. La pista de la Guinardera es demasiado dura, solo sirve para competición. En el Centro de Alto Rendimiento tenemos una pista mucho mejor para entrenar”, comentan en el cercano CAR de Sant Cugat.

La política urbanística del municipio se asentaba sobre arenas movedizas (la trama del 3% aún está siendo investigada y no puede predecirse el desenlace), pero el tándem formado por Recoder y su regidora Mercè Conesa parecía llamado a altas misiones. En 2010 Recoder fue nombrado “conseller” de territorio y sostenibilidad por Artur Mas y traspasó la alcaldía a Conesa. Sin embargo, el fracaso en la privatización de Aigües Ter Llobregat, en un momento en que la Generalitat necesitaba ingresos de forma apremiante, cortaron en seco el ascenso de Recoder; y quienes harían auténtica carrera serían algunos jóvenes del partido. A la sombra de Mercè Conesa velarían armas hasta tres “consellers” del actual gobierno catalán: Jordi Puigneró, Damià Calvet y Àngels Ponsa. Su radicalismo independentista les permitió ganarse la confianza de Puigdemont, lo que también consiguieron otros curiosos personajes ligados a Sant Cugat como Clara Ponsatí, conocida por sus salidas de tono ya en la agrupación local del PDeCAT, o el historiador Josep Lluís Alay, comisario del monasterio de Sant Cugat antes de ser asesor de confianza del ex presidente prófugo.

Dicen que los jóvenes repiten lo que han visto hacer en sus casas. Un aserto válido para los hijos biológicos y, tal vez, para los herederos políticos. Las sombras de corrupción que se extienden sobre Sant Cugat tal vez no deriven en responsabilidades penales, pero son preocupantes porque la ciudad ha sido un banco de pruebas para algunos aspirantes a gobernar en Cataluña. De todas las vocaciones políticas, sin duda la más sólida es la de Damià Calvet, a quien nuestro contacto en el ayuntamiento describe como un “tipo pragmático, arquitecto técnico de formación, con capacidad para asimilar conceptos nuevos y hacerlos suyos. Es un poco duro en el trato, pero cuando se le rebate con argumentos tampoco es para tanto. Su radicalismo identitario es producto de la amistad con Josep Rull, que le precedió como “conseller” de territorio y sostenibilidad mientras Calvet dirigía el Incasol (Instituto catalán del suelo). Es consciente de que no puede disentir de los radicales que ahora dominan en la derecha independentista, porque ya sabemos lo que le pasó a Mercè Conesa, que cuando se enfrentó a Puigdemont tuvo que dejar la política y prefirió la presidencia del puerto de Barcelona. Por lo menos no ha colocado a sus antiguas novias en la “conselleria”, como sí ha hecho Puigneró”. Nuestro interlocutor espera que Calvet pueda desmarcarse discretamente de Puigdemont. Un ramal en la circunvalación de Sant Cugat no le vendría mal.